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jueves, 21 de junio de 2012

Prodigio de Familia IV (Introducción)


Mariana era mi visión de la belleza juvenil, y mientras más avanzaba el tiempo, aquella visión, espejismo fue. Perdió su peso, su forma; se transformó en una ilusión, para luego mostrarse descubierta y violable, con una inscripción en tinta oscura y caótica, que sobre sus pechos se marcaba. Y decía:

DESTRUIR LO HERMOSO.

Es como tener una roca en tus manos y sentir su condición natural, en el momento en que comienza a cambiar, a transformarse increíblemente en una especie de flor tiesa que se deshoja, y que es llevada por el viento, muy cerca, pero a la vez muy lejos de vos. Una pared de cal de distancia. Y se deshoja la roca y tu mano queda vacía. Sentís todavía el peso en tu mano, aunque solo queda en tu cabeza el recuerdo de haberla poseído por un breve lapso. Aquellos buenos tiempos…

Ahora te queda la melancolía de haber experimentado la levedad y lo infeliz que fuiste en todo el proceso, cuando el viento todavía soplaba y alejaba eso natural que te hacía bien, junto a ese perfume Chanel, que se ponía ella en sectores tácticos sobre su cuerpo. Infeliz porque aprendiste una lección importante y es que la Vida siempre tiene la última palabra y eso bajonea a cualquiera. No podemos escapar de su pensamiento de igualdad que tiene sobre nosotros. No podemos escapar de las consecuencias de nuestros actos, que son igualmente dañinas para todo ser.

Todos dirán que la roca fue una ilusión, en su mirar de ojos falsos; Mas yo moriré sabiendo, que fui eterno un santiamén de existencia y que en el cielo se escribía el nombre de ella cada vez que lo miraba.

En este momento de la historia, debería volver un poco para atrás, y explicar como nació el monstruo, antes de mostrar la manera de como desarraigué la belleza. Esperemos para eso, porque lo que viene, trae cruces consigo.

miércoles, 13 de junio de 2012

Prodigio de familia III

Prendí un cigarrillo y mi caminata hacía la nada siguió, en aquella noche por el barrio. Estaba escuchando un compilado de canciones de Maria Elena Walsh, porque cuando buscás deprimirte, no hay nada mejor que pensar en tu ingenua y simple infancia, y Manuelita, esa que vivía en Pehuajó, me dejaba el humor tirado por el piso. Las luces de los pocos lugares abiertos, iluminaban ciertas partes de las calles. Los pocos faroles que andaban, esparcían arriba mío la amarillenta luz. Doblé una esquina y agarré una avenida en mi caminata. En la cuadra del frente, ví un gato negro, de poco tamaño, moviéndose temeroso por la calle, acercándose a la acera. Detuve mis pasos para observarlo bien. El felino está justamente enfrente mío, tanto que, compartimos por un segundo, una pequeña mirada. Y el gato seguía acercándose más y más al asfalto. De pronto, el sonido de los autos se volvieron mudos, la gente dejó de hablar, el viento sacudía las ramas de los árboles, pero sin volumen, hasta Maria Elena Walsh pareció querer guardar un minuto de silencio, por alguna extraña razón; y el gato negro se abalanzó hacía la acera, corriendo cegado, por no se qué. Y lo hizo, justo cuando un auto, del cual solo podía distinguir su par de brillantes faroles, ya que para mí, era toda una gran sombra con forma poco natural, avanzaba rápidamente hacía el final de la calle, hacía el pequeño gato oscuro. Mi cigarrillo, que ni siquiera se había consumido la mitad, cayó al piso, y yo, como nunca en mi vida, con una fuerza irreal, salí disparado hacía ese encuentro. En mi corrida, sabía que tenía que encorvarme justo lo indicado para agarrarlo. Sino me encorvaba lo suficiente, no podría agarrarlo y con mi envión, yo seguiría de largo. Si me agachaba mucho, podría tropezarme antes de encontrármelo, y no quería pensar en lo que me sucedería si pasase eso, frente al armatoste de una tonelada. Todo eso lo pensé mientras retenía mi respiración y ejercía, ya entregado a la suerte, a la acción del rescate. Tomé al gato con la mano derecha, trayéndolo hacía mí. Al brazo izquierdo, lo usé como escudo para el minino, y dicho movimiento, que fue rapidísimo, por temor a no alcanzar a salvarlo, me hizo tambalear un poco, con la pierna izquierda como eje. Después recuerdo la presión muy dura que tuve en mi costado, y mis auriculares volaron de mis oídos y yo giré, giré y giré. Hasta puedo decirles y jurarles, que en un momento, me pareció volar. Les juraría, pero “jurar” es muy religioso y no me considero ese tipo de persona. Como les iba contando, “volé” a mi manera y caí fuertemente al suelo. Mi cabeza no tocó el asfalto, cosa muy fortuita porque hubiera complicado todo. Por un momento, me encontraba abrazado sin saber por qué, hasta que recordé al gato negro. Dejé de abrazarme y ahí estaba, el gatete, como me gustaba llamar a los gatos cuando era chico, aferrado con sus garras a mi pecho, mirándome aturdido. Y como si alguien sacara el MUTE de la existencia, en el instante que observé al animal y veo que está bien, los sonidos aparecieron de vuelta y lo primero que escuché fue el final de una frenada y unos cuantos pasos que se acercaban hacía mí de muchas direcciones. Sentía lo mojado que estaba el suelo, y recordé que hacía un rato había lloviznado. Tragué saliva, doliéndome muchísimo, saboreando el gusto a tabaco de mi boca. La gente que se acercó, se sorprendió al verme tan inmutable, tan poco preocupado por lo que acababa de pasar. Recuerdo que les dije que no llamasen a ninguna ambulancia y mucho menos a los policías. Con fuerza arranqué al asustado gatuno de mi pecho, cual tumor, y se lo pasé al dueño del auto que me pisó, diciéndole que me lo tenga mientras buscaba incorporarme. El resto pueden imaginárselo a su manera.


Esto sucedió la noche anterior a que la viese a ella por última vez. Ese mediodía le comenté todo lo sucedido, detalle por detalle, como les conté a ustedes. Hasta bromeé con lo de Maria Elena Walsh, de igual manera. Hasta le obvié el final también. Le conté todo, menos algo, que estuvo oculto todo este tiempo. Ella no supo que mi acto de heroísmo, que mi fortuito accidente, aunque doloroso, que la vida de ese animal sigue siendo vida, gracias a que minutos antes me había dados unos buenos saques, en la oscuridad de una de las calles que cortan la avenida. No entendería nunca que mi acto de salvación, se debe a mi no salvación personal. Y ese final que no le conté, y que luego obvié cambiando de tema, se debe al hecho que una vez incorporado la mitad superior de mi cuerpo, saqué de mi bolsillo un trozo de bolsa verde plástica, la abrí con delicada rapideza, y delante de su contenido blancuzco, cerní mi nariz a mis manos. Hubiera deseado que la noche siguiera muda, porque el sonido de desprecio de la gente que antes se habían acercado a socorrer al pobre héroe, no me dejaban tomar tranquilo. Por suerte, con los ojos cerrados y la cabeza revolucionada, todo daba ciertamente lo mismo. Hasta me pareció escuchar al gato maullar de agradecimiento, aunque solo me pude haber parecido. Seguramente que sí.

martes, 5 de junio de 2012

Prodigio de familia II

Y vimos la obra, que los mismos jóvenes bohemios suburbanos realizaban con muñecos de figuras artesanales. El payaso miraba divertido y acotaba en momentos, metiéndose en la historia. Estaba sentado en un banquito, a la derecha de lo que refería ser el escenario. No prestaba yo mucha atención que digamos. Me llamaba la atención ver a los niños tan metidos en esa fantasía, riendo a más no poder y cuchicheando entre ellos. Y veías lo diferentes que eran. La calidad de la ropa variaba, el color de la piel también, al igual que sus rasgos, los tipos de juguetes eran diferentes; algunos tenían pelotas nuevas de cuero, y otros tenían ovillos de papel envueltos en cinta, o veías bloques de plástico armables de distintos colores o unas hojas y biromes ubicadas en algún rincón firme y dibujable. Al ser yo el más grande de los chicos sentados, mi estatura me permitía otearlos de lo más bien. Y las madres estaban a un costado sentadas, charlando sobre cosas de madres y fumándose un pucho, o mirando a las marionetas, igual o más entretenidas que sus hijos.


La obra terminó y el payaso comenzó a hacer animales con globos. Yo sabía, porque lo había visto por televisión, que esos son globos especiales, y difieren a los que te venden en los kioscos. Los bohemios barbudos y de ropa ascética, pasaban la gorra frente a las madres y el payaso, con cada animal que realizaba, pedía una colaboración y veías a las madres correr hacía el arenero para darle unas monedas o un billete chico y calmar el griterío de sus hijos. Y miraba todo, y sentía el jolgorio de la situación, de la misma manera en que sentía el calor del Sol por la tarde tocando mi piel. El arenero se convirtió en un lugar en donde todos se sentían bien estando juntos, y mi cabeza se llenó de confusión porque estaba metido en una circunstancia que a mis nueve años era demasiado compleja. Sin embargo, luego de inspirar hondo y suspirar, y dejarme un poco llevar y sonreír entregado, entendí algo, que más adelante sería el punto de unión entre ella y yo. Y supe que…

EL MUNDO ES SORPRENDENTE, Y NADIE SE DA CUENTA.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Prodigio de familia I

Mi época “dura” habrá continuado a lo largo de dos o tres meses. Nunca dura más que un lapso, en donde la dureza se muestra con toda su aspereza. No es poco ni bastante. Es el límite entre mi vida y la vida que la gente piensa que voy a tener. Es la lucha de quién tiene razón. Los ojos del Mundo me observan, pero no estoy pendiente de ello. Yo solo camino, escuchando a Sumo con mis auriculares de mala calidad, yendo a una velocidad que ni yo mismo entiendo. Y camino, camino muy rápido, alternando la mirada entre el suelo, las vidrieras de los locales cerrados y la poca gente que circula de noche. Algunos tan duros como yo. Pero todos esos hechos, uno lo entiende después, cuando la decisión fue tomada. ¿Volví a ser yo mismo o me convertí en eso que las personas opinaban de mí? Es el resultado de la época “dura”. Porque uno puede pasar mucho tiempo de su vida en lo inexorable de la sensación, y las cosas siguen igual, manteniéndose hacía delante, desplazándose. La insoportable necesidad de sentirnos severos para nosotros mismos, es sólo una sensación más y es entendible para el resto. El viento agitará las hojas de los tupidos árboles en los bosques con la misma fuerza, el mar calmo seguirá pasivo y sus apacibles oleadas lo moverán rítmicamente, como metido en un baile natural. Los bebés nacen y todos son felices; la gente muere y muchos se acongojan, y nosotros tiesos como mármol, mas aún el tiempo avanza y el corazón de varios sonríen contentos, porque algo aprendieron ese día. Y eso es porque, para que algo se torne malo, y se mantenga así para siempre, para que esa terquedad se vuelva incambiable y no haya vuelta atrás, sólo se necesita dos o tres meses. El resultado de las acciones en ese lapso define el futuro brillo en nuestras miradas. Somos la respuesta en el período más rígido que algunos, angustiosamente tienen el honor de sobrellevar en sus narices.  

Nunca entendí en verdad por qué surgió esa etapa. No todos tienen porque pasarla. No se parece en nada a un final que tenés que dar para terminar de aprobar una materia. Es más bien como un sorteo. Te toca o no. Y muchos tienen mala suerte en los concursos de este tipo. Yo siempre fui uno de ellos. Nunca gané nada hasta ese momento. Miré mi mano y mi rifa era de color negro, de material plástico. A pesar de estar completamente arrugada, entre todas esas líneas, estaba mi número, que también era mi nombre, que también era mi pasado que por un tiempo iba a olvidar, y que por primera vez en mi década de existencia, era el ganador. Ahora puedo decir, que la victoria tiene algo de agridulce en ella. 

Hay factores que la pudieron haber desencadenado. No creo que haya habido una cosa que la haya producido. Si hubo motivos que la ocasionaron, fueron varías y cada uno de estos motivos, fueron una verdadera cuestión para mí. Unos monstruos de primer nivel.

Monstruo número 1: Cuando la ilusión, pesadilla es.  

Salía con una chica, con la cual estaba todo bien. Era la chica con la cual fantaseaba de adolescente, a mis tiernos quince años. Dulce, tierna, muy sensible hacía mí y femenina. Usaba esos vestidos largos hasta la rodilla, que le marcaban su apenas delimitada cadera y su pecho firme. La inocencia de su alma y de su cuerpo, me encantaban. Como me parece respetuoso mantener a los responsables de todo esto alejados, usaré nombres ficticios. A esta adorable muchacha, la llamaremos Mariana. Con Mariana, podríamos pasar toda una tarde actuando como chicos, cantando temas de series animadas de nuestra infancia (a pesar de ser más chica que yo, conocíamos mas o menos las mismas cosas), hamacándonos en la plaza hasta cansarnos o hasta que las madres nos pedían el asiento para sus hijos, o delirábamos en pláticas sobre lo que fuese. Había algo que entendíamos y que nos parecía muy extraño que nadie se diera cuenta. Era TAN obvio para nosotros. La gente parecía distraerse por tonterías todo el tiempo. Tonterías que uno mismo crea y que piensa que son serías, cuando en verdad, no lo son. Para que me entiendan, debería contarles algo antes. 

Recuerdo tener nueve años y estar en la plaza. Ya a esa edad me manejaba solo por el barrio. Si salía, o iba al Shopping Abasto, que hacía meses que lo habían construido (imposible olvidarse la publicidad de Julian Weich sobre dicho Shopping), o iba a la comiquería ubicada a unas cuadras de mi casa, o me quedaba horas en el Centro Cívico observando charlas sobre cosas que no entendía o me quedaba atónito en los escaparates de las librerías sobre textos universitarios técnicos especializados, que había, a unas cuantas cuadras más alejadas de mi casa. O hacía eso, o iba a la plaza. No buscaba a mis amigos, dudo que tuviese alguno en ese momento, dado a que me gustaba estar solo. Sabía como mantenerme divertido y no necesitaba ayuda al respecto. Ni tampoco recuerdo corretear o jugar por ahí; sólo me sentaba en algún lugar y miraba a mi alrededor. Siempre había algo que me llamara la atención. Como cuando vi que en el arenero había un señor de mediana edad con pintura llamativa en el rostro. Era lo que comúnmente los chicos de mi división llamarían “payaso”. También lo llamaban así los niños que se acercaban al arenero para verlo. Yo me acercaba hacía él, sabiendo que era un señor de unos cuarenta y tantos, que hace esto, quizás, para mantener a su familia, y que como no podía o no quería tener un trabajo más, digamos, “normal”, se pintaba la cara y venía a mi plaza y nos buscaba entretener, para obtener algo del contenido de las billeteras de las madres, quienes contentas les darían por haberles sacado a sus niños de encima por un tiempo. Tranquilamente podría hacerlo por amor a los infantes, o porque siente al clown como su sentido en la vida, o por el simple hecho de disfrutarlo. De chico, no lo veía así, hasta ese instante, que el payaso nos pidió que nos sentáramos en la arena y que aguardemos un poco de rato mientras sus ayudantes especiales, que en verdad eran jóvenes bohemios suburbanos sin ningún tipo de maquillaje, preparasen la gran sorpresa, que en realidad era el cuerpo de un escenario para marionetas.