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martes, 19 de noviembre de 2013

Soledad -Parte 8-

Ya de chico era bueno aceptando la decepción. Sólo tomaba la ansiedad contenida en mi corazón y la desparramaba a través de la ventana, mirando el no tan triste cielo. Observar la Luna con sus cambiantes formas, como si fueran diferentes tipos de vestidos de gala. Observar  las estrellas formar viejas ideas que hasta el día de hoy guían vidas.

Se balanceaban las hojas de los árboles distrayéndome con su pequeña danza. A través de la cuadrada ventana de marco blanco, imaginaba que bajo la luz de la noche, pasando por las cuidadas casas antiguas del desconocido nuevo barrio, iba a ver a Soledad yendo a mi rescate. Compartiríamos un tiempo y eso estaría bien. Con eso me hubiera sentido satisfecho. Un sorbo de su afecto me hubiese dejado tranquilo por un largo rato, ausente de todos, pero cercano a sus deseos.

Ella no apareció esa noche, ni la noche siguiente ni la siguiente. Los días se hicieron semanas y la espera se hizo lenta y difusa. La gente comenzó a cargar imitaciones de plástico de pinos para adornar su hogar. Me sentía sumergido en un deja vu. Conocía las reglas de la naturaleza que se accionaban cerca mío y solo quedaba observar y dejar que todo se acomode. Un deja vu de paredes diferentes, vecinos nuevos y comida comprada afuera de barato sabor festivo.

Las fiestas navideñas pasaron y la gente se puso a esperar el Año Nuevo. Antes de todo lo ocurrido, añoraba esta fecha, sabiendo la cantidad de cosas que iba a poder hacer y que me iban a forjar como un mejor Ser el futuro año. Iba a ser más fuerte, más grande, mucho más maduro y feliz. Sin embargo, me encontraba mirando, como se había vuelto costumbre, por esa ventana blanca con vista a la calle, esperando y no esperando al mismo tiempo. Ahí fue donde descubrí que la clave que uno necesita para poder aceptar mejor las consecuencias es no esperar demasiado de lo que vendrá. No fue agradable sacar esa conclusión con tan solo una década de vida, pero no había mucho de lo que pensar. La calle estaba desolada. La noche se mostraba lúgubre por fuera y celebrada en los interiores de las casas de los vecinos. Un perro viejo cruzó por la ventana deteniéndose para olfatear unas bolsas. Le faltaba pelaje en una parte del lomo. Ellos me dijeron que pronto estaría la comida. Tuve tiempo de repasar los acontecimientos.

Luego del juego y del horrendo día escolar, fui hasta casa y comencé a empacar. Papá me dio una fuerte bofetada que me dejó la mejilla izquierda sumamente roja. Me latía y dolía mientras acomodaba mi ropa y los trastos de la cocina. Llegada la noche, tomamos unas cuantas bolsas negras de consorcio que tenían lo esencial para nosotros y bajamos a la calle.

Ya había dejado de dolerme la mejilla izquierda y lo que sentía eran nervios. ¿A dónde iríamos? Mi papá no solía adelantarme nada nunca y esa ocasión no fue diferente. Se había largado un frío viento que presagiaba una pronta lluvia mientras esperábamos el colectivo en su parada. Había un chico pequeño, de unos cinco o seis años, esperando también el bondi con sus padres. Tenía tan solo una remera y temblaba el pobre. Mi padre me rezongó al verme revolver las bolsas negras que habían llegado hasta ahí. No le di mucha importancia. Saqué un buzo que tenía hace unos años y se lo di al niño. Los jóvenes padres, al comienzo no entendieron mi intención, hasta que vieron a su hijo ponerse el buzo y darme las gracias. Mi gesto bueno era real. A veces uno olvida que los gestos buenos pueden ser reales. A mi papá no le importo que le haya regalado ropa al chico. Miró toda la escena para luego dedicarse a contar las monedas para el pasaje.

Fuimos a la casa de unos amigos de él. La pareja también era joven y tenían pocos años de casados. Tenían un hijo llamado Bernardo de tan solo cuatro años. Vivían en Capital, pero bastante lejos de nuestro antiguo hogar. Tardamos cierto tiempo en llegar ahí. Vivían en un PH que habían heredado y era hermoso. Lo habían pintado recientemente y relucía como si fuera nuevo. El gran patio fue lo que más me gustó.

Él se llamaba Guillermo y ella Verónica. Guillermo había sido despedido del trabajo por recorte de personal y estaba haciendo diferentes changas. Pintaba muy bien. Verónica tenía el brazo enyesado por un accidente que tuvo en un coche de colectivos. Le había iniciado juicio a la línea, según escuché. Bernardo correteaba de aquí para allá, sin dejarse disuadir por nada ni nadie. Él solo corría y reía.

Sentado cerca de Bernardo con un jugo en mi mano, escuchaba la conversación de esa noche. Mi padre iba a dejarme unos días con ellos y les iba a pagar cierta plata por la atención. No era mucho, pero a esa familia le hacia falta tener un ingreso urgentemente. Él tenía pensado quedarse, en lo sucesivo, a dormir en lo de su nueva pareja y viajar tan pronto pueda, a la casa de sus padres que vivían en la provincia de Buenos Aires. Él dijo que iba a ir a “hacer unos negocios”. Si los negocios salían bien, resolvería los conflictos rápidamente y todo volvería a la normalidad. “A nuestra normalidad”, pensé yo, poco contento.

Esa noche él se fue, avisando que mañana iba a traer un par de cosas más.  Yo estaba enojadísimo. No solo había perdido el partido final del torneo, sino que me había mudado a un lugar que tenía que habitar con extraños sin nadie conocido, sino que, conociendo a mi padre, iba a tener que cambiarme de colegio en relación a lo que el encuentre disponible para vivir. Y no sólo eso: No había traído mi bolsa con mis juguetes. Él se fue minutos antes de la medianoche y pensé en que una noche también Soledad se  había ido a ese horario cierta vez que colgamos en la terraza. Recordar ese momento me hizo sentir bien por un instante, para caer en la cuenta que estaba a punto de irme a dormir sin sueño a una cama indiferente a mí, que no tendrá ninguna fragancia recordatoria de días bien terminados.


Ya casi era Año Nuevo. Llené mi platito de cerámica con más trozos de turrón y Mantecol y me fui a la ventana para poder sentirme bien de vuelta. Para poder recordar aflicciones. Mis días ahí pasaron tristes, pero no aburridos. La familia con la que estuve viviendo, se la pasaba haciendo cosas.

Comencé mis vacaciones observándolos, ya que no tenía ni la posibilidad de jugar con mis juguetes. Guillermo había pegado una changa dibujando la ilustración que iban a llevar unas bolsas de arpillera que iba a regalar la panadería de su barrio. Dibujó la Torre Eiffel lo más perfecta que pudo copiando el diseño de una imagen que tenía de una revista. Le agregó luego el nombre de la panadería, unos detalles y listo: derecho a cobrar. Eso le llevó casi un día. No era muy rápido que digamos.

Verónica, a pesar del brazo fracturado, era la belleza en persona. Su cabello era el negro más negro que había visto en mi vida sobre una cabeza. ¡Y era natural! Su piel blanca estaba inmaculada y su cuerpo, a pesar de usar overoles no tan agraciados, se mostraba simplemente hermoso. Ella usaba lentes y en vez de quedarle mal, le hacían acentuar más sus bellos rasgos. Guillermo tampoco era feo tipo. Alto, cabello enrulado bien cortado, ojos marrones y brillantes.

Me sentaba en la mesa de plástico que había en el espacioso patio. Me habían dado unas biromes y unos papeles usados con carillas libres para usar a mi antojo. Mientras veía a Bernardo correr y correr, caerse, babearse, levantarse, seguir corriendo y repetir la rutina, escribía mi plan.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Soledad -Parte 7-

Corrí hacía el hall y detuve la marcha de mi papá, quien avanzaba rápidamente. No podía entenderlo.

-¿Qué pasa, papá? –Dije agitadísimo.
-Nos vamos ahora.
-¿A dónde?
-A casa. Tenemos que levantar todas las cosas y mudarnos. Ya no vivimos en ese lugar.

-¿Qué pasó?

 En ese momento, pregunté sin pensar. No hacía falta que me responda, ya tenía una idea de la respuesta: Nos habían echado. Como en todas las veces anteriores y en las siguientes. De todas maneras, pregunté. Quizás esperando a escuchar, por primera vez, algo diferente. Pero no fue así. La historia tenía que repetirse.

-Vamos. –Me dijo él, continuando su paso.
-¡No puedo irme! ¡Estoy ocupado en algo!

Se detuvo y me miró.

-A ver, ¿Qué te tiene ocupado? ¿Estás estudiando o trabajando para ganar dinero y pagar las cosas? No. Solo estás boludeando en el patio con el resto.
-No estoy tonteando –De chico me negaba a decir malas palabras-. Estoy por jugar la final del torneo de basket.

El profesor de Educación Física apareció proveniente del patio y lo miramos. La luz del Sol se contrapuso con las sombras del gigantesco hall antiguo transformando su forma y sus palabras en algo que parecía más trascendental.

-¡Che! Tenemos que jugar, ¿Venís?

Miré de vuelta a mi papá.

-Debo jugar. Jugamos y nos vamos.
-No puedo esperar a que termines. Hay mucho para hacer.
-Pe-
-¡Y además estoy cansado! Estuve laburando sin parar. ¿Te pensás que es todo tan fácil? Vamos, dale.

Siguió su caminar. Esa vez no iba a permitir seguir repitiendo la historia. No iba a ser ganar la guerra, pero por lo menos daría fiereza en mi batalla.

-No soy tan niño como antes.

Él no me escuchó. Continuó su caminata rumbo a la calle. Esta vez no.

-¡No soy un niño como antes!

No se si pasó de verdad, pero juraría que todo a mi alrededor se silenció por unos segundos. El patio pareció callarse, las aulas pararon de hablar para enseñar, el rutinario tráfico hizo un parate, ¡Hasta mi padre silenció sus pasos! Y me miró.

-¿Qué te pasa ahora?
-Todo. Todo me pasa. Y quiero jugar con los chicos y quiero ganar. Entrené tanto… No puedo irme sin jugar. Debo ganar por el colegio, por los chicos, por nosotros, por Soledad…
-¿Soledad? ¿Este lío que armás es por causa de ella? ¿Por tu amiga imaginaria?
-¡Ella es real! Me siento vivo sabiendo que es mi amiga. ¡Nadie que no fuese de verdad te haría sentir así!
-¡Pibe, vamos! O entrá otro por vos. –Dijo el profe, quien se metió al patio a paso decidido, buscando no meterse en cuestiones ajenas.

Su silbato sonó y la caótica energía pre-juvenil pareció acomodarse para fluir en la futura contienda deportiva. El mundo seguía su curso.

-Tenemos que guardar todo, arreglar rápido las cosas para irnos. No tenemos tiempo.
-Lo siento, pero debo estar allá, papá.

Y me fui corriendo.

-¡¿Vas a dejar a tu pobre padre haciendo todas las cosas?! ¡¿A vos te parece?! ¡Pensá en lo mal que me vas a hacer sentir mientras vos te dedicás a pelotudear! ¡Pensá en-

Dejé de escucharlo ni bien entré al patio y me puse en mi parte de la cancha. Estaba a punto de sonar el silbato y yo debía ubicarme. Nunca buscaría hacerle el mal a alguien y menos a mi papá, pero no podía dejar pasar esto. No importa que consecuencias me vaya a provocar. El agudo chillido me sacó de mis pensamientos y puso mi mente en el juego. Haré la diferencia y pondré esa tonta pelota en el canasto.

A pesar que nuestros competidores tenían nuestra edad, nuestra estatura y quizás las mismas mañas, noté lo diferente que eran en verdad: Ellos usaban zapatillas de marca que brillaban por lo limpias y nuevas que estaban. Nosotros teníamos las zapatillas de lona que comprábamos en Once, o quizás, si tenías la suerte, podías estar usando botines de fútbol gastados heredados de algún hermano mayor. Sus vestimentas estaban bien cuidadas y seguramente no fueron compradas en ferias americanas. Sus cabellos lucían mejor cortados, sus cuerpos estaban en mejor forma ya que no salteaban comidas, su técnica de juego no era nacida de la calle y de la inexperiencia, ¡En verdad sabían lo que hacían! Corríamos de un extremo a otro de la cancha, pero no tardé en entender, que los únicos que corrían sin ningún sentido, sin ningún propósito claro, sin visión más que la sufridamente heredada, éramos nosotros. Y no me refería al juego en sí.

Había un chico gordo en el otro equipo. Gordo y con mirada sobradora. Escuché que le decían “Martín”.  Él era mi contendiente personal. Estábamos perdiendo, pero no mucho. Teníamos buen ánimo, aunque más que ánimo, era rabia la que sentíamos. No ser los chicos lindos de nadie, nos daba esa libertad de enojarnos y hacer lo que quisiésemos. Pudimos empatarlos y en una de esas, Martín logró agarrar un rebote y se fue hacía nuestro aro, perseguido por mi. Él corría y me sacaba la lengua, se reía a carcajadas con sus ojos. Él saltó confiado para encestar y su expresión cambió cuando le corté el tiro. Gritó furiosamente. 

Hubo un descanso de unos minutos. Estaba agotado, cansado, pero contento. Por primera vez estuve a la altura. Miré al otro equipo y estaban tan agotados y cansados como nosotros, pero mucho no parecía importarles. No tenían mucho que perder. Luego de jugar, regresarían a sus hogares medianamente constituidos y seguirían sus vidas en perfecta evolución hacía el futuro de los de arriba. Y tendrían una merienda mucho más suculenta que la nuestra. Mientras tanto, Martín me observaba fijo, sin pestañear. Ojos llenos de sangre que me reflejaban.

Comenzó la segunda mitad. El empate no nos duró mucho. A pesar de pelearla, de esforzarme a más no poder, empezaron a sacarnos ventaja de nuevo. Me era tan claro que no era una disputa pareja. Si nosotros hubiéramos sido como ellos, las cosas hubiesen tomado otro rumbo. Ví que a Martín le habían pasado la pelota y me fui a cubrirlo y lo hice bien, tanto que se enojó y me cometió falta. Me empujó con fuerza hasta tirarme.

Él juego estaba por terminar y yo tenía que continuar estando en el colegio hasta que finalizaran las clases por la tarde. Bancarme la fea sensación que al terminar el día, tenía que irme a un lugar peor, poco agradable para mi existencia y soportar la bronca de mi papá por no hacerle caso y la bronca de la dueña del lugar hacía mi padre, porque el tampoco solía hacer caso.

Pude sentir la desesperación de mis compañeros y me sentí en casa. Miré a mi alrededor para encontrar la mirada de Soledad y no la encontré, pero me la imaginé: Cálida, reconfortante, abriéndome paso a través de su alma para encontrar tranquilidad en la mía. Ella no estaba y la enorme bola que era Martín se dirigía de vuelta hacía el aro teniéndome a mi en el medio. Y frenó sin dejar de picar la pelota. No lo dejaba pasar. No importa cuan agresivo se ponía, sus golpes me daban más vitalidad. Lo hice retroceder un poco y casi pierde la pelota en una oportunidad. Se echó una corrida, no dispuesto a pasársela a nadie. Lo seguí y lo detuve, llegando a estar cuerpo contra cuerpo.

-¿Sabés? –Me dijo- Este juego… Es para gente capaz, no para gente… ¡Como vos! 

Me empujó y encestó el tiro antes del tiempo límite. Los chicos del otro equipo empezaron a gritar de felicidad. Estaba en el piso cuando pasó Martín a mi lado y me pateó disimuladamente. De lejos me llamó “Enfermito” y se unió al festejo con sus victoriosos compañeros. Años más tarde experimenté el por qué de haberme llamado así. Nuevamente, todo alrededor enmudeció y mis pensamientos volvieron a formar murallas de contención.  

martes, 5 de noviembre de 2013

Soledad -Parte 6-


Me la pasé buscándola por todo el colegio. Pensaba que el desasosiego que podría causarle ser encontrada, quizás la habían llevado a esconderse mucho mejor. Recorrí casa centímetro del colegio y nada. No estaba.

Esa tarde, la cual se había puesto suavemente lluviosa, intenté llamarla desde casa. Nadie contestó. Él teléfono sonaba y sonaba. No estaba en la verdulería sentada en un rincón esperando, no estaba en las calles iluminadas por donde los estudiantes de la Universidad cercana iban a estudiar y Soledad cada tanto los perseguía para conocer más sus historias, ni siquiera estaba en la terraza viendo estrellas y anotando de antemano en nuestro cuaderno.

Los días pasaron y aquella suave llovizna, se había transformado en una tormenta que no quería dejar de parar. La gente del edificio volvió a preparar guisos típicos del invierno. Lo podía oler. La ausencia de Soledad me permitía aceptar las invitaciones de encuentros con algunos compañeros de la división. A veces le cancelaba a ella nuestra cita por ir a verlos. Sin embargo, no estaba de humor para hacer eso. Prefería recorrer sigilosamente el derruido y viejo edificio por las noches, buscando identificar el olor de sus cenas. Esos alimentos preparados con tanto amor y dedicación, muy diferente a mi comida diaria. No era el olor a guiso con verduras y carne barata lo que olía, sino el olor a una familia. Me estaba dando hambre, pero no sentía apetito en absoluto.

El día anterior al torneo, falté al colegio. Mi padre estaba más ausente que nunca. La noche pasada apareció con comida y me dio plata para que pueda comer al día siguiente. Para que compre mi almuerzo en la parrilla que sabía que me gustaba. Después se sentó a beber viendo un poco de televisión. Estaba en el piso haciendo que dibujaba para disimular que lo observaba. No en muchas ocasiones tenía la chance de verlo. Me la pasé memorizando sus rasgos, sus expresiones. En eso, pude ver a sus ojos enrojecer y lágrimas caer de a poco, sin dejar de observar el programa de televisión. Luego de un rato, se fue.

Me la pasé viendo televisión, viendo ese canal de dibujos animados para chicos que había dejado de ver. Y lo vi toda la noche. Dormí un rato a eso de las cinco de la mañana y me levanté sin cansancio a las siete y treinta y nueve. El día se reflejaba por la ventana. Cerré el portón de la misma y desayuné. Tapé luego cada lugar que permitiese el paso del Sol y continué viendo televisión hasta pasado el mediodía. No tenía sueño, pero sentía que la mañana se reflejaba adormilada para nosotros.

Cuando salí a la calle, el mediodía presentaba un poco más de calor, un poco más de esperanza. Compré mi comida en la parrilla que atendía el padre de un chico de mi división que había venido de Uruguay. Él padre lucía un espeso bigote y parecía ilusionado. Debía de alegrarle de estar por estos lares.

Llegué a casa esquivando a mi vecino que siempre disfrutaba al hablar conmigo. Le dije que me sentía mal de la cabeza y que necesitaba acostarme rápidamente. Me increpó por el olor a alimento grasiento que emanaba de la bolsa blanca que escondía detrás de mis flacas piernas. Le dije que eran para mi padre y que me obligó a irle a comprar, sin importar mi salud. Eso lo dije a propósito porque sabía me lo iba a entender. Su padre lo maltrataba tanto a él como a su madre. Sus gritos se escuchaban por todos lados.

Comí y vi televisión hasta llegada la tarde, que me preparé un mate cocido y lo comí con unas galletitas dulces. Estaba sorprendido por cuantas propagandas de juguetes para niñas eran referidas a cocinar, a planchar o a cuidar bebés. Seguí viendo mis dibujos, y alguna que otra película, hasta que el vino antes de la madrugada y apagó el televisor. Simulé haberme dormido para no hablarle.

El torneo se jugaba en el patio al lado de mi aula, que es el patio de los chicos de cuarto, quinto y sexto. El día se mostraba fenomenal. La lluvia había traído un mejor clima veraniego. Mi humor, al sentir la brisa tocar mi cuerpo, mejoró un poco. La escuela rival llegó puntual y el partido comenzó más rápido de lo previsto. Había cuatro equipos: Dos nuestros y dos de ellos. Uno y uno iban a competir y los ganadores competían entre ellos para dilucidar al campeón. No parecía la gran cosa, pero para nosotros era el torneo de nuestras vidas. A semanas de terminar el colegio, con las materias ya definidas, pensando en el año que viene, esto era un fuerte cierre.

Mi equipo jugó el primer partido y ganó con mucha facilidad. No hice mucho en el partido. Me sentía ido, lento, descoordinado. Mis corridas siempre fueron mi mayor especialidad, pero no se me estaban dando como quería. No podía poner la mente en el juego. De todas maneras, ganamos.

El otro equipo de mi división comenzó a jugar y se lo veía complicado. Los jugadores de la otra escuela, del equipo rival, se veían mejor entrenados. Había un par de ellos que seguramente jugaban en algún club de barrio. Quienes miraban de afuera, se dedicaban a hablar del juego y de cosas varias. El rumor del momento era saber si Mariano se había comido a la chica nueva del otro curso, que estaba muy buena. Apenas los escuchaba. Antes, les hubiera prestado más atención o hasta incluso hubiera mostrado interés para hacerlos sentir bien. Mas no me interesaba actuar de esa manera. Me hablaban y yo solamente les sonreía y ponía la mirada en el frío suelo. El equipo rival ganó y nosotros teníamos que disputar la final con ellos. 

-¡Hijo!

Esa voz que escuché mientras mirada distraído a los chicos yéndose de la cancha, se mostraba grave y decidida. La conocía. Miré a las puertas que daban al hall central y ahí estaba. Mi padre me miraba a lo lejos.


-¡Hijo! ¡Vení! ¡Nos vamos! 

lunes, 4 de noviembre de 2013

Soledad -Parte 5-


Puedo decir que en ese tiempo, solía respirar profundo y pensar en como las cosas se iban acomodando poco a poco para exhalar contento. No tuve una infancia fácil. Mucho drama alrededor mío. Siempre por mi cuenta, viviendo en muchos lados. Era el claro ejemplo de “niño no deseado”. Se como se siente y a pesar de la Libertad en tus acciones, o sea, nadie espera mucho de vos y suele poco importar tus actitudes, no te sentís muy bien que digamos.

El día que Soledad vino conmigo al aula y que entramos sin ningún tipo de problemas (éramos como los Bonnie y Clyde de infantes), fui al aula y vi a mi profesor, pero no a los chicos. Soledad se fue a las escaleras. El profesor, oscuro en su sitio frente al escritorio, leía un libro de aspecto viejo. Ni se inmutó por mi presencia. Las persianas de los grandes ventanales estaban cerradas, a pesar de ser verano.

-¿Los chicos?
 -Cambio de horario con su maestro de Educación Física.
-Ahhh, claro. El jueves tenemos la final del torneo.
-Ajá.
-Están en el patio de arriba, ¿No? No los escucho afuera.
-Exacto.

En el pizarrón, él había escrito algo. Su caligrafía era hermosa.

Las capullos dejan sus viejas pieles y las mariposas no regresan jamás a sus hogares para vestirse hermosamente con el pasado.”

-¿Qué significa, profesor? –Él odiaba que le digan “maestro”.
-¿Vos qué pensás al respecto? ¿Qué lográs intuir? –Dijo cerrando el libro que tenía en sus manos. Su figura comenzó a cambiar. Se comenzó a volver más alto y delgado.
-Que de los capullos… Nacen las mariposas y las mariposas… No regresan a sus hogares porque… Bueno, no sé. Simplemente no regresan.
-¿Cómo fue ese primer pensamiento que sentiste aparecer en tu delicada mente al poner tu mirada en las letras y buscar el entendimiento avanzado y oculto en el orden de ellas?

Vi su sombra alimentarse de otras sombras cercanas y levantarse del piso, cubriendo su larga espalda. Al estar en su presencia, me parecía que mi respiración se hacía más lenta y que el tiempo que el reloj ubicado arriba del pizarrón marcaba, se volvía más tardío. Los movimientos de las agujas parecían desplazarse a su propio gusto.

-¿En lo primero que pensé? ¡Sí! Pensé en un dibujo que me gusta ver. Es sobre un chico que junta unas criaturas que se esconden en los arbustos y pelea con ellos. Los atrapa y pelea con otros chicos igual a él que atrapan a esas criaturas. Luego van a un torneo y eligen al mejor de todos. Pensé en el capullo que atrapó el chico en un episodio y que luego se convirtió en una criatura parecida a una mariposa. Me imaginé a esa mariposa volando lejos. Hace mucho que no veo ese dibujo... Estuve bastante ocupado.

Miré al profesor y una mueca de trascendente sonrisa se contorneó en su rostro. En nuestras charlas, nunca lo he visto sonreír. Podría jurar que luego de un tiempo, todo su alrededor se ponía borroso, como un vidrio empañado.

-¿Qué pudo haberte mantenido ocupado que no ha dejado tiempo para tus infantiles diversiones?
-Bueno, el torneo me mantuvo ocupado entrenando en casa y acá. ¿Sabés? Nunca me gustaron los deportes. Me daba… Miedo, o algo así. Pero ahora los disfruto bastante. También me gusta leer e investigar. Me paso mucho tiempo con una amiga viendo el cielo y en los recreos le pido libros a la bibliotecaria sobre… No me sale la palabra… ¡Astronomía! ¡Qué hermosa palabra! Astronomía. Así se llama ver al cielo, ¿O no?

Me había quedado frente al pizarrón, con la mochila carrito a mi lado. Fui a mi asiento ubicado en el centro del salón y la dejé ahí. Me senté y miré fijamente la frase. El profesor continuaba creciendo y volviéndose cada vez más difuso. Típico de él.

-Estuve ocupado también pensando en cosas que quiero hacer, cuando sea más grande. Bueno, no tan grande. Me gusta conocer. El otro día caminando por la calle, vi un cartel sobre un curso de Historia. Eso me gustó. Anoté el número y llamé en un teléfono de la calle. Por suerte tenía unas monedas en mi bolsillo. Me dijeron que el curso era para mayores de trece años y que no podía anotarme… Quiero crecer para aprender más.
-¿Sobre qué temas puntuales te gustaría aprender más? –Su voz se había modificado y parecía salir de una reverberación producto de otros mundos.
-Me gustaría aprender más de todo. Pero debo crecer y ser grande para eso. No importa si a nadie le interesa o sea muy difícil. Creceré y lo haré. –Le sonreí mostrando
 -Andá hacía la pizarra y escribí con tu letra la frase escrita, utilizando como recurso de escritura la tiza.

Me quedé atónito frente a su pedido.

-¿No debería irme a Gimnasia?
- Primero hacelo. Andá a la pizarra y escribí. Luego te irás.

Me levanté, fui hasta ese lugar, tomé una tiza ya usada y me puse a escribir.
-¿Pensás crecer, aprender y ser feliz, tanto como lo fue tu padre y tu madre?
-No, ni ahí. O eso creo. A mi madre no la conocí. No se como es ella. Si es feliz o no. Mi papá no es feliz. Nunca lo veo contento. No recuerdo haberlo visto reír.
-Quizás es feliz no siéndolo en absoluto. –La misma mueca de alegría se marcó en su desvanecida cara.
-Él no me habla mucho. Él trabaja o sale. A veces en días no viene. Él es grande, el hace lo que quiere, pero no aprende y no está contento.
-Quizás no aprende lo suficiente o no puede aprender lo que le gusta.
-Quizás.

Puse el punto final de la frase. Intenté imitarlo y hacerlo parecido, pero se notaba mucho la diferencia. Me desplacé hacía mi pupitre y comencé a desabotonarme el guardapolvo.

-Desde que recuerdo, el siempre ha estado así. Mi madre también. Ella se mantuvo lejos todo el tiempo. Pero no importa, porque yo estoy bien.

Le decía todo a eso a él intentando no hacerle notar el dolor que me hacía sentir decir esas palabras. Debía demostrar que era fuerte, que todo eso no era más que un rasguño de la vida. Colgué minuciosamente el guardapolvo en el respaldo de mi silla, sentándome de vuelta.

-Vos decís que estás bien.
-Si. Okey, no siempre estuvieron bien las cosas para mí.
-Hasta que ella apareció.
-¿Ella? –Lo miré asombrado y asustado.
-Si, tu joven amiga que reposa en los escalones de madera del colegio.
-No se de que estás hablando.

Se puso frente a las dos oraciones y se quedó detenido viéndolas. Parecía desplazarse unos centímetros hacía arriba para luego bajar esos mismos centímetros lentamente. Como si levitara en el lugar buscando mantenerse. Ese tipo de sensaciones eran demasiado común cuando estábamos a solas. Mucho no me importó. Estaba atrapado. Él nos podía denunciar y sacarla a ella de las escaleras y nunca más volvería a verla en el colegio. Hasta podían llamar a sus padres y podrían retarla por su acto, como me retaban a mí cuando volvía de verla.

-De repente, tu amiga aparece en tu vida e inmediatamente volviste a alzar la mirada admirando tus alrededores. Me gusta ella, pibe.

Señaló con sus garras-manos a la puerta y pude verla apenas abierta. En esa mínima distancia, los ojos de Soledad me miraban helados. Supuse que fue a espiarme un poco y que al sentirse mencionada, habrá hecho un ruido o algo, y él se dio cuenta de su presencia. Me levanté despavorido cerrándola con fuerza.

-No se de que estás hablando. Mejor me voy a Gim-
-Me gusta ella, pibe. ¿Sabés por qué?

Negué con la cabeza. Él se acercó hacía mi y se encorvó para poner su rostro frente al mío. En esos momentos, intentaba no verle a los ojos, porque mirarlos era sinónimo a marearte y a provocarte jaquecas. Negué de vuelta con la cabeza, que miraba las lineas de las baldosas del piso.

-Es mejor creer en entes como ella, porque si creés en personas, darías lugar a la decepción. Los Seres Humanos decepcionan. Y luego pensarás que estuviste creyendo en vano y que perdiste tu poco tiempo de existencia.

No pude soportarlo. Sentí miedo, mucho miedo. Caí al piso.  Sus ojos me buscaban y sabía que podrían encontrarme. Buscaba el picaporte como podía, tanteando la madera en la cual se apoyaba mi espalda.

-No pierdas tu tiempo creyendo en vano. –Su voz ni siquiera se escuchaba; era más bien telepatía o algo semejante.- Tu vida es única. Creé en tu Destino. Convertirte en tu so-

A pesar del pánico que de mi se apoderaba, alcancé a poner lúcida mi mente un segundo y abrí la puerta jalando el picaporte. Salí y no pude divisar a Soledad. Cerré con fuerza, muy agitado. Sentía que el corazón se me iba a salir. Estaba asustado, pero no sabía muy bien la razón. Era sentir el miedo de algo que iba venir después; una especie de miedo futuro. No lo supe en ese momento, y a pesar que el tiempo ha pasado, he intentado no buscarle más sentido. Lo que sí puedo decir, es que esa misma sensación, la he sentido muchas, pero muchas veces a lo largo de mi vida. El miedo se volvió cosa seria. Respiré hondo sin hallar pensamientos felices, exhalé y me fui a la clase.










martes, 22 de octubre de 2013

Soledad -Parte 4-

Parecía cambiar su figura cuando estaba a solas con nosotros. Era alto, pero a solas parecía aún más alto. Su delgadez se inclinaba y se extendía no muy humanamente. Me hacía dudar que tuviera órganos dentro de su cuerpo. Su guardapolvo blanco, que en horas de clases relucía de entusiasmo y bondad hacía el futuro, parecía oscurecerse y asemejaba más a una capa vieja que cubría naturalidades. Llevaba un prendedor en la solapa del guardapolvo de una caricatura de dos niños tomados de la mano, uno sonriendo y otro con mueca triste.

Él me decía cosas que no escuchaba en ninguna parte. Él las llamaba “verdades”.

-Verdades de la vida y de la existencia. –Decía solemnemente, sentado en su escritorio, sin siquiera mirarme o moverse.
-Algunas las he visto por televisión o las he leído en libros que saco de la biblioteca.
-Las verdades se te ocultarán siempre. Estarán, pero se ocultarán.
-¿Y por eso me sacaste de Gimnasia? – Me senté en un pupitre.- Nos darán una medalla si ganamos.
-Son oropeles.
-¿Qué son “oropeles”?
-Cosas sin valor, pero que aparentan tenerlo. Nada de eso sirve.
-Oropeles… -Miré a través de la ventana y vi como mis compañeros corrían de un lado a otro. – “Oropeles”. No me gusta como suena. Orepeles. Orapales. Oru-peles.
-Oropeles. Como la vida. Una construcción sin valor importante. No podés decírselo a la gente, porque no lo entenderían.
-Me lo estás diciendo a mí. –Entre las corridas y los gritos, el silbato del profesor de Educación Física se hacía escuchar cada tanto.- y tampoco lo entiendo.
-Las auténticas joyas vienen en forma de semillas.

Siempre era lo mismo. Terminaba diciendo algo incomprensible que a mi corta edad no entendía y luego me mandaba de vuelta a clases. El me dijo que quiso comenzar las charlas conmigo desde que le avisaron sobre mi “amiga imaginaria”. No me fundamentó bien porqué. En nuestras primeras conversaciones, me pedía que no le contara nada a nadie, pero ya después no me lo siguió pidiendo. Quizás me veía de confianza. Más que confianza, nadie me iría a comprender. ¡Si ni yo comprendía esos momentos! El profesor modelo dándole lecciones infrecuentes sobre la existencia a un silencioso alumno que estaba aprendiendo a crecer por su cuenta. Al comienzo me hacía sentir extraño. La palabra “violación” sobrevolaba mi mente. Nunca me tocaba, ni siquiera me miraba, pero penetraba hondamente en mi cabeza con sus palabras. Eso no me gustaba para nada hasta que logré acostumbrarme, o logré entenderlo un poco. Esa vuelta aprendí lo que era un “oropel”.

Para infiltrar a Soledad al colegio, la cosa era así: Primero tenía que llegar bastante tarde.  Eso no era complicado, ya que mi padre me levantaba tardísimo casi todos los días. Hasta en ocasiones me hacía faltar porque prefería seguir durmiendo y no levantarse de la cama para ayudarme a preparar todo (esto era típico los viernes). La idea era llegar lo suficientemente tarde como para perderme del izado de la bandera.

A ella me la encontraba en la verdulería, que a esa hora estaba cerrada. Ella se quedaba sentada frente a las rejas blancas mirando hacía mi dirección. La encontraba y nos íbamos caminando, casi en silencio. Nos mentalizábamos para cumplir perfectamente el plan.

Ya en la entrada del colegio, abría lentamente la pesada puerta y me fijaba que no haya moros en la costa.  Si no había nadie, entrábamos caminando rápido y nos dirigíamos a unas escaleras viejas de madera que ya no se usaban y que estaban adyacentes a la biblioteca. Ella se quedaba sentada ahí. Subía dicha escalera y se sentaba en el primer escalón de arriba de todo. Nadie pasaba por ahí así que era seguro. Luego de dejarla ahí, me iba a mi aula, que quedaba a pasos nomás.

En cambio, si la puerta de la entrada estaba cerrada, la cosa se complicaba. Como ella no tenía guardapolvo, no podía entrar de una. Al estar cerrada la puerta tenía que tocar el timbre y esperar a que la vicedirectora se acercase para abrir o a lo sumo, esperar a que la auxiliar de limpieza esté realizando su labor cerca. Ninguna de las dos opciones me convenía. Lo que hacía era implementar el Plan B.

En mi bolsillo derecho del guardapolvo dejaba un lápiz. Lo depositaba en el segundo escalón de la entrada; en total eran cuatro pequeños escalones. Tocar timbre era la señal que tenía Soledad para esconderse. En el Plan B, no importaba quien nos fuese abrir. Era indistinto. Me abrían y entraba como si nada, con una gran sonrisa. A mitad del trayecto hacía el aula, volvía sigilosamente y esperaba a encontrar el hall de entrada vacío. Era hora atareada para los adultos, por lo que casi siempre lo estaba. Abría la puerta a la que no le ponían llave y la veía a ella sosteniendo  mi birome. Esa era la coartada. Si me agarraban con la puerta abierta, agarraría rápidamente la birome y diría que fui a buscarla porque se me había caído al entrar. Pondría mi cara más inocente y listo.

Por suerte nunca tuve que usar la coartada. Hacía pasar a Soledad como si nada. Ella decía que pensaba demasiado en los detalles. Quizás era verdad, pero era la forma en que hacía las cosas. Riéndonos en voz baja, me iba al aula y ella a su lugar en la escalera.

Luego de aquella visita a mi hogar y de reprocharme que pudiera llegar a olvidarla, me pidió visitarme en el colegio. Acepté con mucho gusto. La noche previa a verla, sentí una emoción intensa que golpeaba mi pecho como nunca antes. Me costó conciliar el sueño. Sus palabras de la otra vez me habían afectado. Pude haber aminorado un poco su tristeza, pero me paralicé. No supe bien que hacer. Desde que me dijo de venirme a visitar hasta que finalmente pude dormirme, me la pasé pensando en modos de hacerla sentir bien, que curiosamente me producían una intensidad mayor a la emoción que experimentaba siempre antes de verla.


Cuando la vi sentada en el frente de la verdulería con su hermoso vestidito de flores, su negro cabello tocando suavemente sus hombros, sus brillantes ojos mirándome directamente al corazón, apoyando como era de costumbre, sus cachetes sobre las palmas de sus manos, el Sol me cegó por un instante en un repentino fulgor. Era un hermoso día de diciembre que gracias a mi encuentro con ella, se había vuelto aún más hermoso. Le sonreí y nos fuimos serenamente caminando. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Soledad -Parte 3-

Ellos seguían diciendo que tenía una “amiga imaginaria”. Insistían, insistían, insistían aún más. Era “demasiado grande” como para jugar esos “jueguitos de nene”. Ni tampoco era lo “suficientemente grande” como para darme “algo para tomar” que sea útil para bajarme todo esto de la cabeza. Estaba en una “etapa jodida”. A mi me parecía buena, pero al parecer no lo era. Ellos sabían más de mí que yo mismo.

A decir verdad, era muy feliz. Siempre estaba buscando la manera de aprender cosas. Recuerdo divertirme usando el diccionario para buscar palabras y saber su significado. Estaba comenzando a sentirme más confiado a la hora de hacer deportes. Seguía siendo malo en la mayoría, pero comencé a interesarme por el atletismo y el basketball. Me gustaba el atletismo porque correr significaba para mí mucho más que desplazarme rápidamente de un extremo a otro. Significaba en realidad huir del mundo y transportar mi joven mente a una nueva perspectiva. Y lo hacía rápido. Con respecto al basket, en ese mismo año se había hecho popular una serie japonesa animada. Su nombre era Slam Dunk. Trataba de chicos que practicaban basket en la secundaria. La trama era muy buena y los personajes muy geniales. No todos los niños de mi edad lo veían, pero yo era un acérrimo fanático.

Justo en ese año habían otorgado a las clases de Educación Física la posibilidad de jugar al basketball y hacerlo por todo el año escolar. O quizás haya sido medio año, no recuerdo bien. En los últimos días de clase tuve unos partidos muy importantes con todas las divisiones del mismo grado.  El equipo ganador recibiría una medalla. Y mientras entrenaba en el colegio y entrenaba en mi casa ni bien llegaba de estudiar, me sometía a unas extrañas charlas con mi profesor del aula. El sabía acerca de mi “cuestión”. Me enojaba cuando me sacaba de las prácticas o de Computación para hablarme.


Él destacaba entre los otros profesores. Era más joven y más entusiasta que el resto. Enseñaba bien y daba lo mejor de sí. Eso era lo que todos veían. Soledad y yo sabíamos muchas más cosas de él. Él era raro. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Soledad -Parte 2-

 Me gustaba diciembre de chico. La sensación de terminar pronto el colegio y saber que luego tendría tres meses o más de vacaciones, me hacían sentir muy bien. Tres meses o más de puras aventuras callejeras, de días en la colonia, de nuevas amistades y nuevas sensaciones. Yo le decía a ella todo lo que íbamos a hacer. A ella no se la veía tan entusiasmada.

Recuerdo una noche en la cual llegué cansadísimo de la plaza luego de jugar por horas al futbol con los chicos que frecuentaban la misma. No eran mis amigos, pero siempre valoraban a quienes no les importase ir al arco. Llegué a casa, me saqué la ropa embarrada que tenía puesta y me senté en la cama un rato para descansar las muy cansadas piernas. Había sido un largo día de escuela y una tarde-noche de futbol divertido. No superaba los diez años de edad. Me acosté de una en mi cama y me puse a mirar el techo y a pensar un poco. En mi casa no había nadie, ni un alma. Cosa en común a lo largo de mi vida. Hallar la casa sola.

Me recosté y recuerdo que pensaba en la rara conversación que tuve con Soledad, porque a veces, cada tanto, teníamos nuestros momentos tensos. Luego de terminar de ver una película en la televisión, de esas típicas películas para chicas (años más tarde entendería ese concepto) que enganché apenas comenzada mientras hacía zapping, ella se apareció por casa queriendo ver las estrellas y hablar un poco. Era un toque tarde para nosotros. En el reloj del living figuraban casi las diez de la noche. Los niños de nuestra edad estaban entrando en su hora de ir a dormir. Subiendo por la escalera hacía la terraza, ella me pareció algo triste. O por lo menos, podía sentir que algo la acongojaba. Estaba llenísimo de ropa colgada, por lo que, fuimos a nuestro segundo lugar predilecto. Subiendo una pared baja, nos metimos en el techo.

-Yo no soy una chica más del barrio. – Me comenzó a decir. – Yo… Nací para algo más. Las chicas de hoy en día solo hablan de chicos, de besarse, de conseguir alguien para pasear, ir a la plaza…
-Diciendo “chica” sonás como si fueras más grande. Como si tuvieras catorce, o quince.
-¿Entonces qué soy? – Me miró clavándose odio en mis ojos.
-Una… ¿Niña? No lo sé.
-Así que soy una pequeña “niñita” para vos.
-No, no es eso. Creo que somos “niños”. El año que viene seremos pre-adolescentes o algo así, me dijo Mariano, un chico de la división… Nunca te he visto sin estar sonriendo. ¿Estás bien?

Intento rememorar, pero al parecer esa fue la primera vez en mi vida que me preocupé enteramente por una persona, por un Ser Humano. Mi primer “¿Estás bien?” sincero, luego de otros muchos y muchísimos más falsos.

-No quiero ser olvidada. Quiero que todos me recuerden. – Me dijo, con su cabeza inclinada hacía abajo mirando a sus dedos.

No supe que decirle. Nunca me había cuestionado eso tan seriamente. Sentí que algo dentro mío se había comenzado a formar. Un sinsabor parecido a una herida que disfrutaré echando sal en la misma. Mirándola, todo comenzó a parecer dibujado por la nostalgia. La realidad se transformaría en una pintura más. La nueva pintura definitiva. Comencé a creer en ella y creer es crecer escuchando el silencio de los futuros recuerdos.

-¿Por qué decís eso? – Le pregunté.
-Porque dentro de poco te vas a ir con tus nuevos amigos y a  mi me vas a dejar.
-¿¡Cómo!?
-Si. Te irás a la colonia del barrio y te juntarás en la plaza con tus amigos del colegio. No vas a querer saber nada más de mí.
-Eso no es así, Soledad.
-Si, lo es.

Me senté al lado de ella. Nos iluminaba la Luna y eso no le sentaba muy bien en ese momento. Parecía aún más triste.

-Yo no soy una chica más del barrio. Y vos lo sabés.
-Si, lo sé. “Naciste para algo”. Siempre lo decís, pero nunca decís para qué naciste.


Me clavó la mirada para luego desilusionarse. 

sábado, 12 de octubre de 2013

Soledad -Primera parte-

De chico tenía una amiga llamada Soledad. Ella me dijo su nombre aquella vez en la que estábamos en la terraza viendo las estrellas. Soledad. Escribí su nombre en el oscuro firmamento.

Ella me dio mi primer beso. Estaba en cuarto grado, a comienzos del año. Soledad abrió apenas la puerta del aula y me miró por el espacio obtenido. Me miró por un largo rato con sus brillantes ojos marrones, riéndose con picardía. Luego me hizo un gesto con la mano para que salga. Le pedí a la maestra de nombre Gloria que me permita ir al baño. Me dejó y salí del aula, pero a ella no la vi. Me acerqué al pasillo y a lo lejos, unas flores se alejaban. Eran las flores de su vestido que galopaban a la par del cabello negro y largo de Soledad, dirigiéndose ambos a la entrada de madera de la biblioteca. La seguí y tras hacerme dar vueltas por las estanterías, ella me agarró del guardapolvo, se me acercó con sus enormes ojos y puso sus labios sobre los míos. Mis primeros labios.

Cuando le pregunté luego la razón por la que me besó, ella me dijo que tuvo curiosidad y como me veía como un buen chico, decidió sacársela conmigo. Soledad tenía la capacidad de volver tan simple las cosas que me impresionaba.

Pasábamos mucho tiempo juntos. Leíamos juntos, paseábamos por el barrio juntos, mirábamos películas no aptas para chicos juntos cuando mi padre se quedaba a dormir en la casa de su novia y me dejaba solo frente al televisor. Hasta comíamos juntos.

Recuerdo una ocasión en que herví fideos para comer. La idea era ponerle queso  rallado y disfrutar el manjar viendo televisión. A pesar de tener sólo una década de vida, ya había aprendido a cocinar algunas cosas. Mi padre nunca estaba en casa porque trabajaba todo el día y por las noches, solía “tener problemas”. Me repetía seguido eso de “tener problemas”. Me lo repetía, a veces con más dramatismo en su voz que en otras, mas nunca lograba entender a que se refería. Entonces, hice fideos y le serví un menjunje de fideos sin aceite (como nos gustaba)  en el plato que había puesto en la mesa. Hice lo mismo para mí. Era tomar el tenedor y clavarlo en los fideos para sacar un pegote blanco que solamente a nosotros nos parecía apetitoso. Ni siquiera recuerdo que le pusiéramos sal. Eran fideos cocidos en exceso con queso rallado lo que nos fascinaba. Le dije, ni bien terminé de servir en los platos, que busque el queso que estaba en la alacena, que había comprado ese mismo día. Ella se paró en la silla, abrió las puertas de color blanco gastado de la alacena y tomó el pequeño paquete. Me dijo que en el fondo de la alacena había encontrado otro paquetito de queso rallado que estaba abierto y que luego de tocarlo de tocarlo apenas con la yema del dedo, me dijo que estaba medio lleno. Dejó el nuevo sobre en su lugar y bajó ese. Me lo pasó y muy contento lo derramé sobre mi comida. Jamás podré olvidar el gesto de asco que puso Soledad. Del paquete olvidado vaya a saber cuando, caían unos trozos de queso que se mezclaban con unas cuantas cucarachas que se habían colado dentro. ¡El horror! Esa vuelva no comimos y por unos meses, nuestro plato favorito estuvo prohibido hasta nuevo aviso.

El tiempo pasaba y las cosas se complicaban. Me dijeron que Soledad no era real. Que era producto de mi imaginación. Una “amiga imaginaria”. Nadie la había visto, ni nadie conocía a sus padres. No podían estar más equivocados. Me pedían explicaciones y yo se las daba.  Ella iba a otro colegio, por eso no la habían visto. Y como sus padres eran un poco raros, no solían recibir visitas ni salían mucho de su casa. Ella me decía que dudaba que tuvieran amigos. Aquella vuelta que Soledad apareció en mi colegio, se debió a que se pudo infiltrar ni bien todos entraban a la mañana y formaban filas. Ella, en todo ese transcurso, se escondió en el baño de niñas hasta que todos entraron a sus respectivas y pulcras aulas.

Me prohibieron verla: Mi padre, mis tíos, mis maestros, la psicóloga, la directora del colegio. Todos buscaban quitarme mi tiempo con ella. Un poco lo lograron. Solo podía verla cuando estaba mi padre trabajando y yo podía, por ese motivo de ausencia de autoridad, salir a la calle. Ella me esperaba en la esquina, en donde había en un momento una verdulería atendida por unos bolivianos. El hijo del matrimonio iba al mismo grado que yo. No recuerdo su nombre. Ella me esperaba sentada ahí, en medio de las papas blancas y las verduras de estación. Apoyaba las palmas de sus  manos sobre sus cachetes y miraba el piso de mármol viejo. Siempre me la encontraba de la misma manera. Con su vestido de flores y su mirada clavada en el suelo, obnubilada por sus pensamientos. Me veía y sonreía. Se levantaba rápido, saludaba y se venía conmigo a jugar.

Nadie nos iba a separar. Ella y yo por siempre. Ya tenía once años y mi inocencia estaba mostrando imperfecciones. En ocasiones, antes de dormir, pensaba en ella al lado mío, cubiertos por muchas capas de ropa, cada uno, que nos servían para soportar el frío itinerante del ambiente. Nuestras narices rojas, nuestras mejillas coloradas. Estábamos uno al lado del otro, soportando el frío, sin hacer más que eso. No se porqué siempre imaginaba la misma escena polar. En uno de esos pensares imaginativos, Soledad deja de estar quitar y me besa la mejilla, para luego incorporarse a su posición clásica. Eso me hacía muy feliz.

Estaba por terminar el año y me sentía extraño. Crecer es darse cuenta de lo falso que serás cuando crezcas. Las obligaciones que te van a imponer, de las sutiles amenazas cotidianas que te atarán hasta tu vejez a la hipocresía.  Todo deja de ser bello y pasa a convertirse en un cruel compromiso. Cruel y nada sincero. Y yo lo sentía así, y más aún cuando el año estaba llegando a su fin.

Recuerdo que ella me vino a visitar en una de esas noches, por noviembre. La vi usar un sombrero que le quedaba muy lindo y se lo dije. Ella se sonrojó, a pesar que no fue mi intención. No buscaba provocarle eso, sino decirle la verdad.

- Sos muy lindo. – Me dijo.
- No, no es así. –Le respondí. – Te queda muy bien ese sombrero. Hace juego con tu flequillo, con tu cara, con todo lo tuyo.
- No es para tanto…Es como si hubiera nacido para encontrarte y ser parte tuya. Y no, no es para tanto. Solo es algo más.

Y era algo más en ese momento. Me gustaba tontear con ella. Volver dramático todo. Soledad se divertía cada vez que lo hacía. Se lo debía a mi buena capacidad de observación. En clases, me la pasaba observando a mis compañeros. En la fila del mercado, observaba a quienes iban a comprar, a los cajeros, a los sujetos de seguridad. Uno, luego de tanto observar, aprende a mirar los detalles. Esas cosas obvias que la gente pasa por alto cuando deja de ver cegada por las preocupaciones. Por las calles, las personas van y vienen ocultándose en sus gestos, pero no saben que en la mirada perdida en el suelo, se esconde mucha información de ellos mismos. Podés ver sus tristezas, sus lujurias, sus miserias queridas, sus vacíos existenciales, sus adormecimientos insanos. Podés ver todo eso porque en la mirada se esconde la verdad. O por lo menos eso fue lo que ella me dijo, aquella vez en la terraza mirando las estrellas y buscando anomalías astronómicas. Estábamos abrigados porque había un fuerte viento. Comíamos unas galletitas acarameladas que me habían costado cincuenta centavos. Eran mis favoritas. En el mercado, ese mismo día, habían aparecido los panes dulces y las garrapiñadas. Se lo señalé a ella: Las fiestas se estaban acercando.